sábado, 19 de diciembre de 2009

Un amor mas fuerte que la sangre



Colgado de la suave meseta que guarda el fértil valle, por done el Nalón teje sus recortadas curvas en vueltas y revueltas, se alzan las ruinas del castillo de Blimea. Las altas cumbres, que caminan a ambos lados del río hasta perderse en la lejanía del paisaje, son como dos guardias legendarios, adormilados en su eterna melancolía de siglos. Tal parece como si aguardaran el sonido de un gong que les sacase de su triste letargo.
Bajo su sombra, en un gemido de trae el viento de lejanos horizontes, se mezclan al unísono, en extraña amalgama, la historia y la leyenda.
Al principio es como un susurro que va cobrando vida al rebotar en el azul cobalto de las rocas en este anochecer de estío, cuando el sol no es más que un manchón de sangre en el horizonte tachonado de nubes.
El sol ha muerto en el horizonte. Unas nubes ruedan en el cielo. La voz ha callado de pronto y el silencio ha invadido el valle. Por el sendero que conduce al castillo resuena el ruido de unos pasos.
El viajero se ha detenido ante los muros y en su imaginación se agolpan confusos recuerdos.
Fue el castillo de Blimea casa de señorio y misericordia. Las cadenas que hasta hace pocos años se conservaron en los poyos de la fachada así lo pregonaban. Todo aquel que huyese de un peligro, cualquiera que fuese, sabía que encontraba asilo tras aquellos hierros.
Era el dueño del castillo un noble caballero, señor de todo el valle. Era su mayor vicio, a la caida de la tarde, asomarse a las almenas para contemplar los dominios que allí se le ofrecían bajo los muros. La providencia solamente le había otorgado una hija, Florinda, adorada por todos los pobres de la comarca, tanto por sus dádivas como por su belleza. No causaba, por eso, extrañeza a los vecinos de Blimea ver enfilar el sendero que conducía al castillo a los nobles infanzones de las proximidades, jinetes sobre sus poderosos alazanes. Sin embargo, ninguno de ellos había logrado ganarse el amor de la apuesta muchacha. Sólo el hidalgo de la Buelga, a quién los elegantes pero firmes, desplantes de la joven habían espoleado su orgullo, habíase hecho cuestión de honor rendir la entereza y hermosura de aquella mujer.
Cierto día llamó el padre a la joven para comunicarle su decisión de que se convirtiese en la esposa del señor de la Buelga. Entristecióse el semblante de la hija y, con voz temblorosa, no exenta de resolución, le respondió que su petición le resultaba imposible, pues había entregado su amor a otro hombre.
-¿Quién es? -quiso saber el padre-. ¿Un noble como corresponde a nuestro linaje?
La joven bajó los hojos y no contestó a la pregunta del padre. Llamearon los ojos de éste, comprendiendo el silencio de su hija.
-¡Un villano! -rugió-. ¡Dime su nombre y yo le haré pagar cara su osadía colgándole de la almena más alta del castillo para que sirva de ejemplo a todos los habitantes del valle!
-¡A ese precio- contestó la hija- jamás lo sabréis! Hace mucho tiempo que le quiero y antes prefiero la muerte que ser de otro hombre...
-¡Dispónte a unirte en matrimonio al señor de la Buelga; de otro modo sufrirás la misma pena que ese villano que se ha atrevido a poner los ojos en ti! ¡Todo menos mancillar el honor de nuestra alcurnia!
Dio orden para que la encerrasen en lo más alto de la torre y envió a un mensajero al señor de la Buelga anunciándole su consentimiento.
Pasaron los días. En el castillo dio comienzo una agitación inusitada. Ningún habitante del valle recordaba nada parecido. Era el día señalado para la boda de la desdichada Florinda con el orgulloso hidalgo, que llegó acompañado de lucida y poderosa escolta.
En los momentos de mayor agitación sonaron unos fuertes golpes a la puerta del castillo. Salió el señor presuroso, seguido de algunos invitados, a comprobar quién había llamado de aquella forma tan violenta. Su sorpresa no tuvo límites al encontrar pegado a las cadenas a un apuesto mancebo, antiguo servidor suyo, que con el semblante demudado le dijo:
-Ved, señor, el tributo que cuesta separar dos almas que se aman desde niños; para librar a mi amada de los brazos de otro hombre yo mismo le he dado muerte. ¡Ella me lo ha suplicado y he cumplido su ruego!
-¿Quién ha sido esa infeliz criatura? -preguntó el hidalgo.
-¡Su hija, señor! -respondió con calma el joven.
Un alarido salvaje brotó de la garganta del hidalgo de Blimea que, ciego de ira, desenvainó su espada, pero, en un supremo esfuerzo, al ir a atravesarlo de una estocada, se contuvo.
-¡Libre eres!; esas cadenas gozan de inmunidad y mi casa es de señorio y misericordia -dijo mordiendo las palabras como si le estuviesen golpeando.
-Gracias señor -dijo el mancebo-; vuestra sangre es tan noble como el apellido que lleváis; pero ved qué hago con esa libertad que tan generosamente me otorgáis.
Y sacando el puñal, rojo aún de la sangre de la amada, se lo hundió en el corazón.
Fue como un velo que le cubriese de pronto los ojos. Lentamente se fue deslizando por las cadenas hasta caer tendido en el suelo.
Un ramalazo de horror cruzó el rostro de los presentes. A lo lejos, el aullido largo y lastimero de un perro se dejó caer en el silencio de la mañana como epílogo de aquella tragedia de la que fue testigo mudo el castillo de la Cabezada de Blimea.

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