martes, 24 de noviembre de 2009

El Castillo de Tudela



Hace muchísimos años, tantos que no hay meollo que guarde fecha aproximada, hubo en el castillo de Tudela un joven prudente y hacendosa, amás de otras prendas y de su rara belleza. Era fama que había cautivado a cien hidalgos

"con su tez fina y brillante,
cual pétalo de azucena"


Su padre, Ares de Tudelam era modelo de caballerosidad. Siempre las puertas del castillo estaban abiertas a la necesidad, al dolor y a la hospitalidad. A pesar de sus muchos años, el noble aún practicaba la caza, en cuyo arte había sido muy diestro.
Descansaba el venerable anciano, tras una jornada penosa de caza, acompañado de su hija, en el salón del castillo, junto a un fuego saltarín y reconfortante. Un fuerte aldabonazo retumbó por la estancia. Al rato, un servidor se acercó para decirle que un moro, perdido en la niebla, pedía asilo por la noche.
-Hacedle pasar y preparadle mantel y lecho -ordenó el anciano.
Se resistía el criado, argumentando que se trataba de un moro.
-Sea cristiano o moro, es para mí un deber sagrado dar posada a quien la suplica. Traédmelo acá.
Era el árabe un joven apuesto. Su conversación, alegre, chispeante, hizo de la velada un suspiro. Por varias veces solicitó permiso para retirarse y por otras tantas fue detenido por la joven hidalga, visiblemente nerviosa. para el día siguiente invitó el castellano a participar en una cacería de osos al agradable joven.
Aunque gélida, la mañana vaticinaba una buena jornada; los nobles de la comarca que también habían sido invitados, ocuparon sus posiciones. Cuando el oso salió de su guarida fue a tropezar con el señor de Tudela, que arremete fuertemente contra la pieza; la mala fortuna, sumada a los muchos años, dejaron maltrecho al noble.
Trasladado con premura al castillo, los muchos desvelos y atenciones de su hija y de la servidumbre no lograron aliviar males y heridas. Sabedor de su cercano fin, llamó el anciano a su hija y le hizo jurar que nunca abandonaría ni su fe ni su patria. Así le prometió la joven, con el corazón hecho susto.
Llevaba Don Ares variaos días en el sepulcro cuando el moro confesó a la joven su propósito de partir al día siguiente. En breve conversación ambos se confesaron su amor, tomando el acuerdo de marchar juntos.
Sin que nadie pudiera explicárselo, aquella misma noche, cuando los enamorados ultimaban sus preparativos de marcha, un pavoroso incendio se desencadenó en el castillo. Los criados corrieron despavoridos; deshecho en el fuego, el puente levadizo había caido en el foso. Solo quedaba una salida secreta, a la que se dirigieron los enamorados. Más, flanqueando la puerta, allí estaba el castellano Tudela, blandiendo su espada al aire, dispuesto a vengar el honor de su sangre.
Nadie salió con vida. De aquellos muros, otrora mansión de hospital y perdonanza, solo quedó un montón informe de piedras.

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